La condena

-Tú fuiste el elegido; ahora, morirás en el fuego, igual que tus predecesores y tus descendientes- le dije con una voz serena que pretendía imponer autoridad.

No obtuve respuesta, así que decidí continuar con el intimidatorio.

-No dirás nada, ¿eh? Está bien; después de todo, no soy yo quien arderá.- Continuó impasible, firme, impávido. Saqué el encendedor y comencé a jugar un poco con él. Dentro, sus compañeros parecían mirarme, como si estuvieran pensando en la manera de destruirme. Clic, clic, clic. La flamita iba y venía a mi gusto. -Tendré que asesinarte si no me dices el nombre de tu líder,- dije cambiando de táctica- Si por el contrario, comienzas a cantar, es posible que te perdone la vida; tal vez incluso logre que te den un puesto entre mis filas.- Más silencio, comencé a desesperarme.- Al carajo, eres imposible, amigo. ¡Vete a la mierda, cabrón!, ¡Tú y todos tus compañeros se pueden ir a la mierda, ¿entiendes?!-Grité con bastante furia. Acto seguido, accioné el encendedor y encendí el cigarro.

– Claro que no estaba hablando contigo.- Le dije mientras apoyaba la espalda en la silla y contemplaba los anillos de humo formarse y desaparecer en lo alto del techo.

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