Espejo de Plata

Hace tres días me encontré a un amigo en un bar. Estuvimos platicando sobre mil cosas; la vieja escuela, los viejos conocidos, viejas anécdotas. Nos tomamos varias cervezas antes de pasar al whisky, y después de una botella y dos seises, un par de vodkas y tres copitas de brandy con coca, comenzamos a entrar en terrenos peligrosos. Era bastante noche; algunos antros habían cerrado, aunque no todos, ni siquiera la mayoría. Me preguntó si sabía en donde vendían coca a esa hora; le contesté que por dos mil varos yo le daba cinco gramos. Más borracho que completo, sonrió. “No me chingues Luisito, si nosotros somos amigos…”, me dijo. “Bisnes is bisnes mi estimado”, respondí. Sacó su cartera y puso sobre la mesa, a duras penas, cuatro billetes de a quinientos, y dudándolo un poco, añadió otro. Sin pensarlo dos veces, guardé el dinero. Nos levantamos y le ayudé a llegar al baño. Una bolsita con más aspirina, o sosa cáustica, o matarratas que droga. Diez gramos rebajados. Extendió dos culebritas sobre un espejo que sacó de su bolsa. JML o LGR, iniciales grabadas ahí. Plata, o metal muy bien pulído. Se agachó sobre el espejo y se metió una línea. “Ahora sí pinche Luis –dijo de inmediato-, vamos a hablar de negocios. Esta chingadera es buena, mejor que la de Culiac…ccc…c…cc…c”. Se cayó al piso, convulsionándose. De la boca salía una espuma blanca, igual que a la cerveza bien fría y los ojos se le pusieron tan rojos como si hubiera estado grifeando. La sangre le escurría de la nariz, con pequeños puntos blancos flotando en ella, de la misma forma que el vómito se escurre de la boca una mañana de cruda. Toc toc toc. Alguien más que ocupaba bajarse la borrachera. Arranqué un pedazo de papel del rollo y le limpié la cara. El cuello se le estaba hinchando y yo pedo. Saqué mi perico y me di dos uñazos. Lo recargué en mí y lo arrastré fuera del baño. Nos metí en la camioneta y le vacié las bolsas. La cartera, las llaves de su carro, unas monedas y el espejo, todavía con polvo pegado. Lo quité con un dedo y estuve apunto de untarme las encías. Opté por arrojar las cosas por la ventana. Guardé el espejo.

Ante mí está el cuerpo muerto de Leonardo García Rodríguez. Tiene los ojos en blanco y el cuello a punto de reventar. En la casa no hay muebles; está lista para ser quemada. Un galón de gasolina está a mi lado. En mi bolsillo, un zippo. Mi mente intoxicada me dice que no hay peligro; como si nunca lo hubiera conocido. Comienzo a rociar el líquido sobre García. Prendo el encendedor y lo aviento hacia su cuerpo. Al instante, la casa se llena con el olor de la carne quemada. Salgo de ahí y me subo a la camioneta.

Leo se le acercó el primer día de clases, a tratar de compartirle su comida. Él, con el pie roto y más tímido que los niños de la tele, no le hizo caso. Años después, donde estaba uno, el otro también. Borracheras, noches de juerga. Enciende el motor. Siente a la perfección el rugido del mismo, la camioneta estremeciéndose bajo su cuerpo. Sostienes la mano de tu amigo cuando acciona la palanca de velocidades. Has sido cuidadoso; dentro, no dejas nada que pueda ubicarte ahí. Con un cuchillo, le quitaste las huellas digitales y quemaste la piel junto con el cuerpo. Ahora que estás en tu troca, todo te parece lejano. Aspiras la tercera línea en menos de una hora y esperas unos segundos antes de sentir cómo se relaja tu cuerpo y tus encías se duermen, al tiempo que un par de manitas le masajean las sienes, igual que cuando comieron lonche de jamón. Tienes en tu bolsa un espejo de plata con unas iniciales grabadas. Arrancas con el motor rugiendo y cruzas las carreteras a ciento veinte kilómetros por hora mientras, de la casa, salen chorros de humo. Bajas la velocidad para pasar por un puente y ves unas luces rojas y azules en el retrovisor. Aceleras de nuevo pero el puente está boqueado. Con una mano, acaricias la culata de tu cuerno recortado y con la otra, sacas tu escuadra con cachas de oro. Las llamas ahora consumen la casa completa.

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