Ciudades Muertas

C I U D A D E S M U E R T A S

Vivimos en una ciudad muerta,
llena de jóvenes muertos
y ancianos que viven esperando el final.

Vivimos en una ciudad vacía,
llena de recuerdos y piedras de cantera,
soledades anhelantes que prefieren los silencios
a las pláticas a gritos del escape de los autos.

La ciudad espera paciente
el polvo de los siglos anteriores,
sol que golpea con fuerza el rostro de los ancianos que,
sentados en bancas de piedra,
calientan el aire contando historias.

Se llenó el tiempo de granos de arroz.

Aquí, las flores nacen apenas
y los niños corren salvajes
en los cafés del centro de la ciudad.

Los minutos se comieron la vida,
sangre de los años, progreso que nunca llegó.
Sueños atrapados en promesas de campaña
y un sol que no termina de quemarse.

Nada queda en las aguas de ésta ciudad;
se perdieron los engranajes que mueven al mundo
y los vientos de cambio se apaciguaron en las praderas:
la vida no es la misma desde que se murió la ciudad.

Corazón de histeria y cuerpo de piedra,
pasos de sangre que escriben los muros.
Fuego en el cielo que también está muerto,
y un suspiro que se perdió en silencio.

L O S  V I E J O S

Los viejos viven sentados.
Cuentan historias de grandeza,
beben tragos de vino tinto
y toman café con sus amigos.

Cuentan los muertos igual que las estaciones,
se regodean en dichos populares
y se lamentan de las nuevas generaciones.

Se escuchan hablar como quien escucha a un perro,
en silencio, sin prestar atención,
acariciando la compasión
y dando sorbitos a la taza de café humeante:
en su cabeza son más jóvenes,
todavía se emborrachan y no sufren menopausias ni andropausias.

En sus recuerdos la ciudad sigue viva y el mundo no es extraño;
todo se mueve con un poco de trabajo
y las calles son para quienes caminan;
sólo los ricos se mueven en carros,
sólo los ricos no trabajan.
Los ricos no tienen bocas pidiendo comida
y paseos al zoológico.

Siguen culpando al político en turno
del retraso en su pensión para viejo.
Sus tiempos perdidos son los que esperan,
recuperar las horas gastadas en filas,
el pastel de ciruela que no quieren los nietos.
Las envolturas de pan
que tiran a la basura
y las hojas de los árboles que miran caer,
identificándose en gran medida,
a sabiendas que pronto
también ellos habrán de caer.

L O S  J Ó V E N E S

Los jóvenes queman en papeles de arroz,
granos del mundo que saben a cerveza,
pies pequeños y pantalones flojos,
sueños que nacen con el sol de medio día.

Viven en una ciudad muerta sin darse cuenta,
saben que su futuro se pinta fuera.
Sólo las tumbas y los viejos se quedan aquí,
piensan después de la comida.

Viven con sus padres, maman de sus padres
y no se arrepienten de gastar su dinero
en una revista que no necesitan,
en un paquete de cigarrillos prohibidos
o en un par de entradas para la función nocturna.

Gastan su tiempo ignorando a los viejos.
Sólo las tumbas se quedan en la ciudad,
en sus cielos muertos y jardines de piedra;
qué importarán los perros callejeros,
si al final del día todos somos no más que polvo.

Vivir rápido es su premisa diaria.
No tienen tiempo para comer un instante,
besar a su madre y hablar con su padre.
Un buenos días dicho a las tres de la tarde es suficiente,
y el olor a vodka que los acompaña.

Luego, somnolencia cotidiana,
voces grises que suenan igual.
Nada funciona en los tiempos que corren;
Morimos a diario, siempre un poquito más.

E L L A

Ella no sabe en dónde está,
no siente frío ni siente calor.
Sabe que tiene ganas de carne,
cuerpo frotando sus manos,
sudor devorando su piel.

Sus manos escapan al control de su mente,
ojos que la miran desde el espejo
igual que su sombra taciturna;
la persigue por las plazas de piedra desierta,
sol escondido detrás de las nubes
y ambientes grises como su forma de vestir.

Su voz suena a tierra mojada,
hambre del suelo pintado de sucio;
sopores vespertinos arrancan bostezos de sal.

El vestido se mueve con el viento
y su cuerpo se arrastra con él.
Camina despacio,
abrazando los instantes a punto de perderse,
huecos de sombra y madera vieja,
olores a vino y destellos de miel.

Los barcos que navegan sus aguas están dañados:
se perdieron en el océano de las memorias
cuando las nubes eran blancas
y en cielo azul aún no brillaba la noche.

Las muertes que recorren la ciudad
caminan tomadas de su mano,
acompañan el vaivén de su cara desconocida
cuando tienen ganas de hacer el amor.

Su pelo, mechones teñidos de blanco,
tiempo recorrido en la sangre del mundo,
se bebe las horas despojadas de amante.

No sabe dónde está ni de dónde viene,
no sabe cómo sentirse completa,
arrancarse un suspiro con el dedo anular
ni el abrazo del cuerpo viejo de la ciudad muerta.

Mata las horas tomando café,
espiándo a las mujeres jóvenes en la tienda de abarrotes.
Piernas esbeltas y faldas cortas,
pechos que asoman por las playeras
y un mundo que intenta tragarse su sombra.

É L
Los años se lo comieron vivo;
sus dedos se convirtieron
en pedazos de cuero duro y viejo;
sus ojos están nublados de tiempo
y su barba crece sin dirección alguna.

Sólo hay arrugas en ese rostro cansado,
sangre de la tierra muerta,
evolución perdida en los pasos de la ciudad.

Se murieron los montes y los ríos,
se mueren los jóvenes y se mueren los viejos
pero los edificios de piedra
y los árboles centenarios todavía no lo sobreviven.

Por las noches lamenta los años vividos
y calma las voces de su cabeza con buches de whisky.
El amargo sabor de las decepciones
aún corre por su boca,
arrugada y con sombras blancas,
forjada una eterna mueca de viejo.

Sólo humo flota en el aire que respira,
humo de los sueños jóvenes,
humo que resbala por sus mejillas muertas;
todo él se convierte en árbol,
estatua de humano
que convive con las palomas en los parques
y revienta globos con la mirada.

Las añoranzas de tiempos mejores
no se quedan en casa:
se desplazan por las ciudades muertas
al ritmo del violín que acompaña sus pasos,
arcadas largas y tristes,
compases rápidos atraen las miradas de alguno,
mientras soplan los vientos
de los yermos parajes occidentales,
témpanos de hielo invisible,
que habitan los jóvenes muertos
y los viejos que viven esperando el final.

U N M U N D O E X T R A Ñ O

Vivimos en un mundo extraño,
uno en el que tus ojos no se clavan en los míos.
Vivimos en un mundo que no se detiene,
en el que las personas caminan con prisa
y miran sin detenerse a observar.

Ah, el sonido del viento corriendo entre hojas verdes,
agua estancada que acaricia piedras de río.
El jadeo de un perro acalorado
y el compás de tu respiración mientras haces el amor.

Tampoco las gotas de sudor se detienen
en su recorrido cuesta abajo por las colinas de tu cuerpo desnudo,
piel suave que habita este mundo extraño de ciudades muertas
y caminos desiertos,
de bosques secos y tierras quemadas.

Los dedos que recorren mi cabello no se detienen,
siguen el compás seis octavos del deseo de tu carne,
cuerdas que se frotan, ritmos veloces y rostros desfigurados por el tiempo.

Vivimos en un mundo extraño,
un mundo que no aprecia los instantes,
cadáveres de recuerdos
que convierten cristales puros
en manchones verdes escritos con musgo.
Pálidas luces matutinas que acarician tu cuerpo
quemado por las horas de noche;
instantes trémulos de vibratos sentimentales;
Qué armonía el gemido de tu voz
y la tensión de tu cuerpo,
sinfonía perfecta que culmina con la explosión orgásmica
de una clave de Fa trabajada tres horas.

Música secreta invade tus oídos
mientras disfrutas la calma que sigue a la tormenta flamígera
recién desencadenada sobre la cama de tu amante.
Tus pechos son sus ataduras
y tus caderas el puerto que recibe los barcos extranjeros,
navíos perdidos en el basto mundo de aguas intranquilas
y pilares de piedra ancestral que surgen de las profundidades oscuras.

Sí, qué mundo tan extraño:
horas que se forman de minutos,
minutos que comen segundos…
Qué mundo, qué vida,
qué frío, qué calor.

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