Pretensiones

Nunca he pretendido tener liderazgo;
jamás asistí a talleres de empoderamiento
ni visito al psicóloco.

Yo no quiero pasar a la historia
¡Que me olviden los que aún no nacen!
Me contento con un trozo de queso,
una copa de vino tinto
y un paquete de Delicados con filtro.

Las cosas se pierden todo el tiempo
¿por qué no ha de hacerlo
alguien sin liderazgo,
sin empoderamiento
y con problemas psicológicos?

El polvo dura más que la ceniza del cigarro;
el vino se acaba después de tres copas
y el queso se convierte en excremento.

Que se queden los sabios con todo el renombre;
mientras muera en La Habana,
de muerte natural a los 47 años,
que se queden con sus bibliotecas,
con los premios nóbeles
y los reyes de Asturias.
Que conserven los volúmenes viejos
de libros más viejos.
Mientras mi cuerpo se vuelva polvo
no hay muchas cosas que importen.

Sí importa, por ejemplo,
que mi perro no se quede sin agua
y que no le falte la comida.
Que tenga espacio suficiente,
y que le sigan rascando la panza.

También importa que la casa esté bien barrida
(sólo a mí me gusta el desorden)
y que los muebles rechinen de limpios.
Importa que mi violoncello
esté siempre afinado,
que alguien lo toque de vez en cuando
e ignoren su menopáusica edad
(después de todo, ya tendrá 40 años).
Las guitarras, la clásica por lo menos,
también requerirá cuidados;
un poco de barniz, cuerdas nuevas,
un trapo bien limpio.
Y una voz amable que acompañe por las noches a la Magdalena.

Qué más da si nunca se ganan premios;
se tiene la pluma y el nombre impreso
tres mil veces cada día,
por lo menos de vez en cuando.

Que los famosos se queden con las fotos en revistas,
que yo tengo un animal fiel,
un pequeño duende que me susurra al oído.
Por eso no voy al psicóloco;
le tengo miedo a su voz fría
y antipersonal.

Tampoco busco que me comprendan;
si quisiera comprensión
escribiría una autobiografía
o cartas a revistas del corazón.
Visitaría programas malos,
llenos de sentimentalismos
o me quedaría en casa
a llorar sobre el hombro de mi madre.

No quiero ser reconocido
como un erudito de cabello entrecano
y respetable bigote.
El mundo ya tiene suficientes
ancianos venerables
como para cargar en su cuenta a uno más.

Lo que yo quiero,
–tal vez no en La Habana–
es una muerte tranquila;
que me rodee alguien querido,
no mi familia ni algún compañero;
alguien que se haya preocupado por mí,
que me hubiera escuchado.
Una mujer que acaricie mi cabello ese día por la mañana
y me ponga en la mano la navaja vieja,
que me diga con un susurro tierno
‘hoy es el día’, y me bese una oreja sin borrar la sonrisa.
Lo que yo quiero es morir de muerte natural,
lejos del mundo y del ruido;
lejos de todo,
de las piedras rosas
y de los cerros devorados,
lejos del tiempo
y de las nubes.

PD:
Y claro, natural será que muera
con una segunda sonrisa
pintada en rojo sobre mi cuello.
Sólo espero que ese día
esté bien rasurado
y haya dormido bien.

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