Adiós, libélula

Nunca duerme. Vuela por la ciudad, se para en las flores, camina en tallos y hojas. Veinticuatro horas son una vida, y la vida se aprovecha. Degusta lo que toca, multiplica su visión, extracorporalidad que se adueña de las imágenes más simples. El zumbido. Siempre zumba cuando vuela, cuatro alas que palpitan sobre su lomo. Su diminuto lomo. Se detiene.

No apunta, no sabe cómo usar lo que tiene en la mano. Recoge una piedra, levanta la mira y dispara. El sonido de la roca contra el cemento. Ríe, se divierte. No necesita pantallas para la risa; basta un espacio abierto y piedras a la mano. Vente a comer, le grita su madre. Prepara su última munición.

Interrupción: la roca le golpea la espalda: el dolor: el movimiento que cesa: la luz que se apaga: la caída. No sabe qué pasa, por qué pasa. Cae, eterna caída. Se apaga la vida. El niño se acerca a ver la mancha que derribó. Grita contento: le atiné a la libélula, mamá, le atiné. No sabía que estaba ahí pero le atiné. La euforia de la muerte. Sus patas se retuercen en el último estertor. El último zumbido. Ya dejó de moverse, dice el niño cuando la levanta y corre a enseñársela a su madre.

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