Contemplación de un lepidóptero en las hojas de una manzana vieja

Cuánta juventud se nos pierde
en cada bostezo del día,
cuántos cuerpos que se pierden
en el meneo de la cola de un perro.

Cuantas voces suenan
en el pecho de las horas
sonarían anoche en el mañana
de un ayer
que ya no llega.

A dónde viajarán las percepciones
dolorosas
de las perecederas porosidades
de la roca inerte
que imaginé antemañana.

Los lloriqueos
de una niña pequeña
que molestan
en un camión.

Las griterías que se adueñan
del mercado de los domingos.

Y apenas un pero,
una fruta muy vieja
que no se vendió.
Eso nos queda

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