Un trozo de periódico

Son las dieciséis horas con cuarenta y cinco minutos del 21 de agosto y llueve en Morelia. Un hombre corre por avenida Madero cubriendo su cabeza con un periódico de hace dos días. En un par de minutos, a las dieciséis horas con cuarenta y nueve minutos, una ráfaga de aire arrebatará el diario al hombre, que se refugia en los portales. A las diecisiete horas, sin lluvia ya, un vagabundo tomará el periódico, húmedo, al borde del desgarre, y lo sumará a sus pertenencias. Después de unas horas estará seco. Esa noche, a las veintidós horas, digamos, el clochard calentará su pecho con los papeles. Sin que se dé cuenta, una de las planas se separa de sus compañeras. Ese papel, al día siguiente, caerá en manos de Erásmo, estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas, 20 años, vive solo.

Muestra, en letra diminuta, todo mayúsculas, algunas ofertas de trabajo. Se solicita cocinero, vendedor de baterías, vocero, emprendedor. Y ahí, en la esquina inferior izquierda, como si lo esperara. Piensa en Aura, en Carlos Fuentes: urge corrector p/ diario; sin experiencia, menor de 25. Termina de arrancar el pedazo de papel gris, camina hasta la facultad, espera a que las clases se acaben, no habla con los profesores y luego llamará al número que aparece en el anuncio.

Usted se ha comunicado con El reverdecer, por favor marque la extensión con la que desea comunicarse, responde una voz que se grabó hace años, parece. Espera en la bocina, no conoce ninguna extensión, deposita otra moneda, contesta una mujer. Qué desea, llamo por el anuncio. Espere. Lo siento, el puesto ha sido ocupado, regresa la voz, aunque ahora podría ser un hombre. No obstante, necesitamos alguien que cuide los carros. Acepta, recibe la dirección, caminará toda la tarde, sin rumbo, sin saber cómo decirle a su jefe que no podrá ir más al call center en el que hasta ahora trabaja.

Dejar su empleo, cambiar de casa, comprar un libro. Pensará en todas estas cosas, en Carlos Fuentes y también en Gabriel García Márquez y su oficio más bello del mundo. Pensará en todas las deudas que tiene y en las materias que está a punto de reprobar. Piensa en el libro que está escribiendo pero que no logra terminar. Piensa en esa historia que se repite y se repite, regresa sobre sí misma, sobre su eje, gira sobre el mismo personaje. Piensa en Salvador Elizondo y pensará en el doctor francés que no consigue atravesar el tiempo.

Mira su reloj luego de pensar en Farabeuf. Las cinco menos veinte y no ha comido. Doña Licha le servirá, a las cinco en punto, una sopa de plátano, ensalada de lechuga y una milanesa empanizada. Con cincuenta y siete pesos, joven, como siempre. Paga y acaricia las últimas tres monedas de diez pesos que le quedan en el fondo del bolsillo izquierdo. En el derecho sólo los cigarrillos que le da miedo fumar, miedo a que se acaben a mitad de la noche y no tenga dinero ni coraje para salir a comprar una cajetilla nueva.

Darán las seis sin que se dé cuenta y Erásmo se dirige a El reverdecer. Una fachada gris que se funde con el concreto de las banquetas. Ni una señal que indique que ahí hay un periódico, ni siquiera un estacionamiento. Entrará y se topa con el mobiliario, secretaria cincuentañera incluida. Vengo por el trabajo de lavacoches, dirá con la voz queda. El susurro no encontrará eco y piensa en el cuac de los patos, que tampoco lo produce. En seguida le atienden, joven. Veinte minutos más tarde un hombre vestido con un traje negro, hecho a la medida, sale de una puerta ubicada detrás de la recepcionista. Todo en esa habitación es gris, igual que la fachada. Sólo un punto verde sobre el escritorio: el chaleco de la mujer.

Venga conmigo, por favor. Espera que el estacionamiento tenga un acceso por la parte trasera. Sin embargo, detrás de la puerta que hubiera jurado no esta ahí antes, sólo un pasillo oscuro. Sombras en las paredes, en el techo. Sombras en el rostro del hombre que viste de traje. Sólo él no tiene sombra. Otra puerta. A la izquierda, por favor. Un cuarto, una mesa, pintura gris, polvo de cemento, humedad, olor a moho. Aquí trabajará. ¿Y los carros? Mire a su alrededor. En las paredes, también: carros de juguete. Doscientos, unos mil, pierde la capacidad de calcular. Espero haya avisado en su trabajo anterior que ya no seguirá asistiendo. No se preocupe.

No comienza a lavar ningún carro. Le entregarán un manual. La guía del usuario que desempeñe la labor de lavachoches. Editorial Reverdecer, 1940. Hace más de setenta años, pensará. Pensará, mientras lee las primeras páginas, en ese ¿recuerdas? Recordará, que no quepa duda, que nada tenía planeado. Sin que se percate de ello, su reloj de pulsera marcará las once de la noche. No obstante, no se va. Se queda, duerme sobre el libro y sueña con una planta. Una pequeña semilla que crece hacia abajo. Frente a su yo de humo, un extraño. Carpentier, cuestiona. No soy yo, yo no fui. No lo recorras, dice mientras examina la semilla que comienza a enraizar sus pequeñas hojas sobre la diminuta maceta que no la contiene.

Despertará al día siguiente, con un periódico en la mesa, sobre los autos de juguete y la guía que le obsequiaron, ahora lo sabe, cuando firmó un contrato que no se rompe. Y quién se pondrá mi abrigo el próximo diciembre, pensará en noviembre, tres meses después de encontrar el trozo de periódico en el piso. Los papeles hará mucho que están en las gavetas de El reverdecer, que se dedica a coleccionar automóviles de juguete, publicar manuales de usuario, absorber una o tres vidas de cuando en cuando.

A veces, pensará Erásmo, extraño a Farabeuf. Recuerde, doctor, que todos aquí somos polvo. Cada vez más a menudo le visitará Carpentier, Alejo, cómo has estado. Incluso, se queda con él unos minutos, despierto, un fantasma, resplandece un sol verde que es el foco y no lo es. Sabe que nada estará sucediendo y, de cualquier manera, se dedicará a sacar cada mota de polvo a los carritos del director.

En enero, 2014, cinco cuarenta y ocho horas, día catorce, un trozo de periódico amanecerá frente a Erásmo. Como todos los días desde agosto lo tomará entre el índice y el pulgar, con extremo cansancio, con un cansancio que cuelga de sus mejillas y la raíz de su cabello, de cada poro de las hojas de las guías que también se acumulan a su alrededor, lo examina. Ese día, las palabras se solicita estudiante. Se busca, desaparecido, capturan su atención. No hay fotografía ni descripción pero le hablan a él. Lo sabe, igual que sabe que Reverdecer no editará jamás un libro de verdad.

Sonreirá con muchísimo pesar. Cada uno de los 17 músculos que se necesitan para efectuar esa acción se cansa y desaparece. Sin rostro, Erásmo pasará a ser uno más de los cochecitos del director de El reverdecer.

Será quince de enero de 2014, llueve en Morelia y un hombre, tal vez una mujer, correrá con un periódico sobre su cabeza. El escudo, aunque resistente, caerá cuando se cubre del agua bajo los portales. Avenida Madero es un lago, un río que lanchas motorizadas recorren cual perros en galgómedro. Semáforos en verde, liebres perfumadas. Del diario abandonado se desprenderán las páginas que, tras ser pisoteadas una y veinte veces, pasarán a ser parte de la colección y ejército de cobijas de un clochard que vive en esa zona. Cuando, a las veintitrés horas y doce minutos, el hombre decida dormir, cubrirá su pecho con el papel recuperado del piso. Por la mañana las hojas quedarán huérfanas de nuevo y un estudiante, tal vez de medicina, las recogerá. Y se solicita estudiante de medicina para auxiliar al jefe de cirugía del centro médico Reverdecer. Todo en mayúsculas, sin comas, sin aire, y una dirección improbable y un teléfono extraño. Espere un momento, que le comunico, dirá una voz que parece estar ahí desde hace muchos años.

Claro que Erásmo, que camina por avenida Madero la mañana del 22 de agosto, no sabe nada de eso.

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