Vagabundos

Nací del vómito de un vagabundo,
una noche,
no hace mucho.

Nací berreando y con cuernos de toro,
cubierto de baba
y sin vello púbico.

El vagabundo, esa noche hace no mucho,
me recogió entre periódicos y me lanzó al infinito.

Soy la esencia de lo que no fui nunca;
antes del vagabundo no fui una vaca,
ni fui tres perros,
tal vez un par de tacos rancios.

El infinito sabe a estrella, a Vialáctea.
Sabe en viaje a paracaídas,
a dos segundos de aire frío.

Ayer fuimos humo,
lo recuerdo por el batir de las alas
de una paloma que no era gris ni negra ni blanca
ni siquiera era animal.

Ayer, hace unos días,
el vagabundo vomitó un niño envuelto en babas
ese niño que no era yo.

Se asustó con el primero,
luego los conejos-niños salieron caminando.

Yo nací con un cigarrillo en la boca
e insultando a los transeúntes,
nací desnudo como los perros.

Nací un día que dios estaba de descanso.
En su lugar, un militar con tacones de dama
desterró a los querubines
al estómago de un vagabundo.

Mañana nacerán dos hermanos,
siameses, cubiertos en vómito
uno negro y otro azul marino.

Mañana caminaré sobre Madero
con un periódico bajo el brazo,
desnudo y con un cigarro en los labios,
con vello púbico.

El hambre me abandonó pasado mañana.
la sed de una garganta que no puede hablar,
inconmensurable como los aullidos detonantes
de la líbido de un halcón.

Las palomas de Plaza de Armas
abandonan el nido a las cinco de la mañana,
los paseantes tristes no caminan
cuando el sol no existe.
Verde.

Amarillo el paso de los gorriones,
rojo el de las edades de piedra.

El futuro no será anaranjado,
si los ocasos sobreviven al polvo
yo no estaré aquí para verlo.

El descanso de dios
se convierte en vacaciones después de dos horas
y el militar con tacones de dama
sale a los bares de mala muerte
a dejar que los militares de bota alta
le manoseen las nalgas, mano bajo el vestido
pecho que no se acaba
y un bigote sucio de semen.

Hoy devoré un durazno:
su carne se convirtió en pan,
en notas musicales que desconcertaron al mundo.
Su voz no surgió de pronto;
el silencio, desgarrado,
me insultó como a los niños.

El vagabundo devoró a sus hijos,
terrible titán vestido con harapos,
terrible hambre que se genera
con cada arcada.

Los perros de la noche no duermen solos
duermen sólo las almas cansadas.
Hoy no tengo ganas de estar vivo,
ni de ser un querubín que camina desnudo
ahora por Acueducto.

Hoy no tengo ganas de comer durazno,
tal vez un poco de pollo.

Pero eso no importa,
porque los vagabundos de esta ciudad
ya buscan mi cuerpo
para convertirlo en pan.

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