El mago

I

Temprano, como a las cinco de la mañana. Hace frío, hace oscuridad y sobre todo, silencio. En la calle, nadie; en las ventanas, nadie. Y de pronto, de quién-sabe-dónde, llega al pueblo. Así de temprano, así de solo. Sólo lo acompaña un burro viejo cargado de fardos. Rápido, los perros rompen el silencio, roto antes por los cascos de la bestia. Y entonces sí, en las ventanas, todas las caras.

II

Mediodía. Pasen todos, a partir de las cinco, en la plaza principal. El sorprendente Ortega, el magnífico, heredero de las misteriosas artes mágicas del lejano Oriente. Venga y compruébelo, sólo 25 pesos por cada entrada, los niños diez pesos, sólo diez pesos. Quito verrugas, curo quemaduras, compongo huesos, venga y compruébelo, todo el día, a todos atiendo, a todos. En el centro de la plaza del pueblo, un hombre de unos cincuenta años. Viste traje (viejo); detrás, una carpa (vieja que montó en unas horas y su burro.

III

Cinco de la tarde, la gente llena la carpa. Hay unas cien personas adentro, tal vez veinte afuera. El mago se acaricia la barbilla, cuenta el dinero que él mismo recibió y sonríe; no le fue mal. A las cinco con quince comienza la función. Sus trucos (viejos), expuestos ante el pueblo. Palomas que desaparecen, flores que aparecen, adivinación de cartas.

Y una hora más tarde, su mejor truco, el gran final, y necesito un voluntario, apreciados caballeros, hermosas damas, un último voluntario para el gran final, dice con voz profunda, bien ensayada. Que pase Roldán, responde una niña. Sí, que pase, que pase, corean los asistentes.

Un hombre alto se levanta de la cuarta fila. Hace unos gestos con las manos, sonrisa estúpida pintada en el rostro, perfecto, caballero, pase, sí, siéntese aquí, así, no diga nada, sh, sí, quédese quieto.

Ahora voy a robarle la voz, caballero. Algunas voces de protesta se alzan desde el público pero las sofoca con una mano. Junta las cejas, tuerce la boca, gran concentración. Roldán sonríe. El mago comienza a sudar, no entiende nada. De pronto, una mueca, boca abierta desmesuradamente, silencio. Mucho silencio.

Y entonces Roldán hace ruiditos, no puede hablar, pero casi. Mueve la lengua mientras el mago se agarra la garganta, abre la boca, escupe, todo en silencio. Chorros de sudor y venas marcadas en la frente.

El público ríe a carcajadas cuando Roldán dice por fin hola. Luego comienzan a salir de la carpa. Le robó la voz al mudo, se burlan algunos. El último en dejar el lugar es Roldán. Pasa por encima del mago, quien llora en silencio, tirado en el piso, manos en el cuello. Gracias, dice Roldán antes de poner un pie en la plaza del pueblo.

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Una respuesta to “El mago”

  1. Me hizo mucha gracia el final, inesperado.
    ¿Qué pasó con todas las habilidades mágico-médicas que anunciaba?

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