Díganle…

Díganle
que la quise
–que la quiero todavía–
que pienso en ella
cuando las noches enfrían. 

Que pienso en ella
al mirar atardeceres,
hojas secas
charcos de lodo
e incluso ante el tráfico.

Díganle
que extraño su recuerdo
y el tacto de una piel
que no he tocado.
Que extraño
diez segundos
de miradas entrelazadas
–diez segundos
que son la eternidad,
días y noches incluidos–.
y la tensión
entre sus manos y las mías
que nunca se tocan
pero se acercan
cuando caminamos
hombro con hombro.

Díganle
que pienso en ella
cuando enciendo un cigarro
a las tres de la mnañana
y cuando me paso de whiskys.
Que sonrío ante una esquina
que nos pertenece
y que es todas las esquinas
de esta ciudad de mierda.

Díganle
que todos los días
hay cinco minutos
que le pertenecen,
aún en la distancia.
Que una cerveza
me sabe a su boca
y que recorro las calles
buscando su rostro
y agradezco no encontrarlo.

Díganle
que extraño esa sonrisa
y sus ojos bajo la luz
de las seis de la tarde
–primero–
y a la luz de la luna
–después–.

Díganle
que la quiero,
que sin embargo la quiero,
que pese a todo la quiero.

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